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“Ni la muerte los separó”: Los esposos, Agustín y María Georgina, fueron los últimos desaparecidos hallados en tragedia de Bello

María Georgina Hérnandez (izquierda), Juan David (centro) y Agustín Ortiz son tres de las 27 personas que murieron en la tragedia de la vereda Granizal de Bello. Foto: Cortesía

María Georgina Hérnandez (izquierda), Juan David (centro) y Agustín Ortiz son tres de las 27 personas que murieron en la tragedia de la vereda Granizal de Bello. Foto: Cortesía

“¡Agustín! Hágale pues mijito, hágale pues. Usted sabe mi mamá cuánto lo amaba. Hágame el favor y denos una pista”. De esa manera, Mónica Hernández le pedía simbólicamente a su padrastro, Agustín Ortiz, que apareciera de una vez por todas. Él quedo sepultado en medio del deslizamiento que produjo la tragedia de Bello.


El cuerpo de su esposa y madre de la joven, María Georgina Hernández, había sido hallado el pasado domingo 6 de julio.



Agustín, era la última persona reportada como desaparecida que los organismos de socorro buscaban en la vereda Granizal de Bello donde la tierra arrasó con lo que encontró a su paso en la madrugada del pasado 24 de junio y dejó un total de 27 muertos.


“Nos paramos en un barranco cerca a donde creíamos que estaba. Eso se lo decíamos en forma de charla, pero a la vez con la fe de que el Espíritu Santo nos ayudara. Y sin mentir, apenas pronunciamos esas palabras a los cinco minutos los rescatistas lo encontraron”, aseguró Mónica.


Eran eso de las 3:30 p.m. de este lunes 7 de julio cuando vio que los rescatistas soltaron las palas y corrieron hacia ella para abrazarla. Así se enteró de que el suplicio había terminado.


“Nos abrazaban y nos decían que por fin los habían encontrado. Para mí fue una mezcla de emociones. Por un lado, la tristeza de haber perdido a mi madre, mi sobrino y mi padrastro en esa tragedia y por otro, la alegría. Por fin los podíamos enterrar juntos, como era su deseo”, dijo.


Mónica asegura que su madre le había dicho que, de esa vereda, sola la sacaban muerta y, lamentablemente, así fue. Llegó a Granizal hace un poco más de 6 años y, junto a Agustín, montaron una tienda, pusieron una venta de arepas y empezaron a vivir una vida de ensueño.


“Mi mamá era amante del campo. Tenía gallinas, cerdos, gansos, tres perros. Ella vivía muy feliz allí. Mi padrastro la amaba mucho, se querían mucho y todo lo hacían juntos”, recuerda.


Con ellos se fue a vivir un nieto de María Georgina quien también fue sepultado por las piedras y el lodo.


“En la casa de mi mamá vivían cuatro personas: ella, mi padrastro, mi sobrino Juan David y un amigo de la familia. A ellos dos los encontramos el primer día y a mi mamá y a mi padrastro en los últimos”, dice Mónica.


Una angustia que duró 14 días


Mónica y su familia vivieron un verdadero suplicio. Llegó a las pocas hora de ocurrida la tragedia. Ese día, como dijo, sacaron de los escombros y la tierra a su sobrino de 16 años y al amigo de la familia, Llilmer Rodríguez, quien tenía 26.


“A Juan David lo encontramos sobre la cama, tenía incluso la cobija. A Llilmer un poco más abajo”, recuerda.


En ese momento la esperanza de hallar con vida a su madre y padrastro aún se conservaba, pero con el paso de los días esta se fue disipando.


“Veía cómo sacaban familias enteras y nada que aparecían mis seres amados. La angustia nadie se la puede imaginar, yo no dormía, solo pensaba en ellos. Por eso, cuando los encontraron lloré. Sí, lloré de tristeza y de alegría, a la vez", expresa.


Y es que después de las horas interminables al sol y agua, asumiendo el riesgo estar en el lugar de la tragedia donde el terreno aún es inestable y esperando a que vecinos, amigos y organismos de socorro lograran dar con sus parientes, lo único que Mónica quería era encontrar a su madre y padrastro, pues tenía una obligación con ellos.


“Ellos siempre estaban juntos, por eso Dios quiso llevárselos a los dos, yo creo que si alguno hubiese sobrevivido no lo hubiera soportado. Y tal cual lo querían, los vamos a enterrar juntos. Eso es un amor que ni la muerte pudo separar”, opina Mónica a quien en medio del dolor se le percibe un poco de alivio.


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