Estilo de vida

Ella es la antioqueña que llevó el microscopio a las veredas y está cambiando el tratamiento de una grave enfermedad

Sara María Robledo escuchó a las comunidades rurales y convirtió plantas en tratamientos seguros contra una enfermedad estigmatizante.

La historia de Sara Robledo fue contada en el programa Inversas de Teleantioquia. Fotos: Cortesía UdeA y Teleantioquia.

La historia de Sara Robledo fue contada en el programa Inversas de Teleantioquia. Fotos: Cortesía UdeA y Teleantioquia.

Durante años, los exámenes que realizaba debían ser firmados por un médico para tener validez. Esa fue la realidad que enfrentó Sara María Robledo cuando ejercía como bacterióloga en un contexto donde su profesión era subestimada frente a la medicina. Lo que para muchos habría sido un límite, para ella se convirtió en impulso.


Con disciplina y convicción, avanzó en su formación académica en un momento en que los posgrados en ciencias biomédicas estaban pensados principalmente para médicos. Fue parte de la primera cohorte de doctorado financiada por Colciencias en ciencias básicas biomédicas, un hito en la consolidación de la investigación científica en el país.



Sara Robledo fue la protagonista de un reciente capítulo del programa Inversas de Teleantioquia, dedicado a contar historias de mujeres que no siguen el camino, lo reinventan. Mira aquí el capítulo completo: 


En 2005 dio un paso más: realizó su posdoctorado en Washington University in St. Louis, donde profundizó en biología celular. Esa experiencia fortaleció su enfoque investigativo y amplió sus redes académicas internacionales.


Al regresar a Colombia, continuó su trabajo en la Universidad de Antioquia, institución a la que ha estado vinculada como profesora e investigadora. Con el tiempo asumió la dirección del Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales (PECET), un grupo científico que funciona desde 1986 y que investiga y desarrolla soluciones para las comunidades afectadas.


La leishmaniasis: una enfermedad que también es estigma

Su campo de estudio ha sido la leishmaniasis, una enfermedad parasitaria que produce lesiones en la piel, deja cicatrices permanentes y genera fuertes impactos emocionales y sociales. Aunque durante años se asoció principalmente a hombres en zonas de conflicto, la investigadora evidenció que también afecta a mujeres, niñas y comunidades rurales enteras.


El tratamiento tradicional incluye fármacos agresivos y aplicaciones inyectables que solo pueden realizarse en centros de salud. Para quienes viven en zonas apartadas, llegar hasta un hospital no siempre es posible. A esto se suma la estigmatización: muchas personas prefieren aislarse antes que exponerse con lesiones visibles.


Fue en ese contacto directo con las comunidades donde su investigación dio un giro decisivo.


Escuchar antes que descartar


Durante salidas de campo y encuestas, pacientes y habitantes de veredas le hablaron de plantas que utilizaban para tratar las lesiones. En lugar de desestimar ese conocimiento, decidió someterlo a evaluación científica.


En el laboratorio cultivó el parásito, desarrolló modelos de infección en células humanas y empezó a probar extractos vegetales. El trabajo fue interdisciplinario, con apoyo de etnobotánicos e ingenieros químicos, y también contó con colaboraciones nacionales e internacionales.


El resultado fue el desarrollo de tratamientos tópicos —cremas, lociones y ungüentos— que se aplican directamente sobre la piel. Según las investigaciones del grupo, estos productos han demostrado ser seguros, sin efectos adversos, con eficacia comprobada en la cicatrización de las lesiones y sin recaídas en el tiempo.


Sara Robledo: un liderazgo que sigue en marcha

Bajo su dirección, el PECET no se detuvo en un hallazgo puntual. El grupo continúa evaluando nuevos compuestos, fortaleciendo tratamientos y publicando resultados con rigor científico.


Para Sara María Robledo, la investigación no puede quedarse en artículos científicos almacenados en bibliotecas. Debe responder a necesidades reales. Su trayectoria demuestra que el rigor académico puede dialogar con el saber ancestral y que la ciencia, cuando escucha, también puede sanar.


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