Noticias

EN FOTOS | "Hasta el último ladrillo": los rostros de quienes buscan vida en los escombros en Cali y los que ayudan, pese a vivir su propia tragedia

Tras el terremoto que sacudió a Cali, cuatro historias reflejan la solidaridad que surgió entre los escombros: personas que llegaron desde otras ciudades y damnificados que, pese a perderlo todo, decidieron ayudar a los demás.

Entre los escombros y el dolor, también nació una cadena de solidaridad. Personas que lo perdieron todo y otras que viajaron hasta Cali decidieron ayudar a quienes más lo necesitan. Fotos: Yeison Gualdrón / Teleantioquia

Entre los escombros y el dolor, también nació una cadena de solidaridad. Personas que lo perdieron todo y otras que viajaron hasta Cali decidieron ayudar a quienes más lo necesitan. Fotos: Yeison Gualdrón / Teleantioquia

Las montañas de escombros que dejó a su paso el terremoto del pasado 10 de agosto en Cali aún tienen en su interior algo más que concreto y hierro retorcido. Esconden las últimas horas de vidas interrumpidas, los pasos de quienes aún no aparecen y, en medio de tanta pérdida, una cadena humana que no ha dejado de moverse desde el primer segundo.


A las 7:34 a. m. del pasado lunes, la tierra tembló con una fuerza de 7,4 y partió en dos la cotidianidad de la ciudad. Todo cambió para la capital vallecaucana. Y con la tragedia llegó la solidaridad. Gente que no tenía por qué venir, vino; gente que ya lo había perdido todo, decidió ayudar a otros a no perderlo también.


Ahí, entre ese silencio que los rescatistas usan como herramienta para escuchar cualquier señal de vida, se cruzan las historias de quienes llegaron a Cali sin que nadie se los pidiera.


Es el caso de Juan Camilo Sastoque. Tiene 30 años, vive en Bogotá y trabaja en una empresa de telefonía. Desde el día en que ocurrió el terremoto empezó a buscar transporte hacia Cali.


No lo encontró hasta un día después. Y, cuando por fin lo consiguió, no lo pensó dos veces. Tomó el dinero que tenía guardado para montar un negocio propio y lo cambió por un tiquete de avión.


"Vi mucha gente que comentaba por internet, y sentí que podía ayudar más viniendo que quedándome escribiendo detrás de una pantalla", cuenta.


Aterrizó en Cali a la 1:30 de la tarde y desde entonces no ha parado. Juan Camilo no es rescatista de oficio. Es, según sus propias palabras, alguien que no soportó quedarse quieto viendo el dolor de una ciudad ajena convertirse en propio.


Su familia —su pareja, la hija de ella a la que quiere como si fuera suya, su mamá, sus hermanos— le pidió una sola cosa, que tuviera cuidado y volviera sano y salvo a casa. "Saben que lo hago de corazón, que me nace. Siempre va a haber riesgo, pero uno toma las precauciones, y siento que lo que uno da, la vida se lo devuelve", dice.


El joven que no ha soltado los escombros desde el primer día

Minutos después de que la tierra sacudiera la ciudad, Luis Rodríguez cogió unas botas, unos guantes y se fue caminando hasta el edificio Torres del Limonar, el cual colapsó segundos después del sismo. No había un vehículo que lo llevara y los buses se detuvieron.


Desde ese día, sin excepción, sale de su casa a las 6:00 de la mañana y regresa pasadas las 6:00 de la tarde, con las manos ensangrentadas de tanto mover ladrillo, tanto concreto.


"Cali es mío. Yo le pertenezco a esta ciudad y esta ciudad me pertenece. La labor que hago es para devolverle todo lo que me ha dado", dice. Y en esa frase cabe toda la razón por la que no se ha ido. Para él no se trata de una decisión heroica, sino de agradecimiento.


Sus familiares no viven en Cali, pero saben lo que está haciendo y lo acompañan desde la distancia con la fe que se repite como un mantra entre quienes trabajan en los escombros, la esperanza de un milagro. "Uno le pide a Dios que se dé, y uno va a permanecer ahí hasta que se levante el último ladrillo", asegura.



Cerca de él hay una mujer que sobrepasa los 60 años, pero como si tuviera 20, carga, ladrillos y hierro como lo hace Luis. Prefiere no dar su nombre ni hablarle a la prensa sobre lo que está haciendo.


Solo dice que está allí para ayudar en lo que pueda y no para ser una protagonista en medio del dolor que aqueja a los familiares de quienes vivían en Torres del Limonar.


Madre e hijo perdieron su casa, pero en vez de quedarse esperando ayuda decidieron ayudar

Gloria Serrano también es damnificada. Su apartamento quedó inhabitable. Pero en lugar de quedarse llorando lo que perdió, decidió ir al Coliseo del Pueblo, el centro de acopio de la ayuda humanitaria, para organizar mercados y ropa para otros.


"Somos afortunados de estar vivos, de haber tenido la oportunidad de sacar algunas cosas del apartamento, aunque quedó en muy mal estado. Pero hay gente que lo perdió todo. Entonces, desde donde uno pueda ayudar, ayuda. Todo aporta, todo suma", dice.


¿Y de dónde saca las fuerzas quien también perdió su hogar? Dice que de mirar a su alrededor, de la tragedia y el dolor: "Hay personas que están viviendo la pérdida de un familiar. Eso a mí me da fortaleza para sumarme a la causa".


A su lado está Samuel, su hijo de 17 años, que fue el primero de la familia en ofrecerse como voluntario. "Quienes fuimos lo suficientemente bendecidos como para no ser de los más afectados, tenemos que aportar en la forma en que podamos", dice, con una madurez que no siempre acompaña a los más jóvenes.


A excepción de madre e hijo, ninguno se conoce, y es probable que no lo hagan, pero hoy los une la misma causa: aportar en lo que puedan. Unos llegaron desde Bogotá con los ahorros de un sueño postergado. Otros nunca se fueron de su ciudad, aunque el terremoto les haya arrebatado su casa.



Temas relacionados