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EN FOTOS | Un fotógrafo documentó cómo los humanos se obsesionaron con la imitación del mundo natural

El 97 % del planeta ha perdido su equilibrio ecológico. Mientras tanto, los humanos visitan playas artificiales y selvas bajo techo.

Fotos: Zed Nelson

Fotos: Zed Nelson

Esta es la premisa que explora el fotógrafo Zed Nelson en su libro “The Anthropocene Illusion”, tras recorrer 14 países en cuatro continentes para documentar cómo los humanos construyen mundos artificiales que reproducen, con precisión , aquello que han ayudado a extinguir.


La transformación del planeta en la llamada era del Antropoceno ha provocado un fenómeno paradójico: a medida que se degrada la naturaleza real, crece la industria de su imitación.



Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, las poblaciones de animales salvajes han disminuido un 73 % en los últimos 50 años. Aún así, la fascinación humana por los entornos naturales no ha desaparecido.


De hecho, se ha trasladado a lugares como zoológicos temáticos, playas bajo cúpulas, selvas recreadas dentro de centros vacacionales y esquí en nieve artificial dentro de centros comerciales.


 Fotografía: Zed Nelson

Una era geológica hecha por humanos

El Antropoceno es un término utilizado por la comunidad científica para describir la actual época geológica, marcada por el impacto significativo de la actividad humana en la biosfera del planeta.


Desde la Revolución Industrial, los registros geológicos comenzaron a mostrar señales claras de nuestra presencia: residuos plásticos, restos de pruebas nucleares y capas de cemento son algunas de las huellas que quedarán durante milenios.


 Fotografía: Zed Nelson

Frente a este panorama, Nelson documenta cómo las personas se aferran a la ilusión de estar en contacto con la naturaleza. Pero ese contacto es, en la mayoría de los casos, una experiencia coreografiada.


Playas techadas y zoológicos escenográficos

Entre los destinos retratados por Zed Nelson se encuentra el complejo Tropical Islands, en Alemania, donde bajo una enorme cúpula se despliega una selva tropical artificial de 10.000 metros cuadrados, con tortugas, mariposas y cascadas. A pocos metros, turistas se broncean junto a una playa con mar de mentira y música ambiental.


En el Zoológico Forestal de Dalian, en China, un oso polar habita un recinto refrigerado de una millonésima parte de su territorio natural. En otra imagen, un chimpancé se sienta frente a un mural pintado que simula la selva africana. Lo que antes era interacción con el entorno, hoy se presenta como una postal inmóvil.


Disney World, en Florida, lleva esta lógica al extremo. Allí, "África" es un recorrido escénico, con réplicas de aldeas, animales exóticos, y personajes disfrazados. Millones de turistas lo visitan cada año, disfrutando de una versión higienizada y controlada de la naturaleza, sin riesgos ni sorpresas.


Turismo artificial: cómo los humanos rediseñan lo natural

La tendencia no se limita a zoológicos o parques de diversiones. En Sudáfrica, granjas de leones permiten a los turistas acariciar cachorros o caminar junto a leones domesticados. Estos mismos animales, más tarde, son vendidos para cacerías organizadas. En China, hoteles temáticos ofrecen cenas junto a pingüinos vivos dentro de decorados glaciares.


 Fotografía: Zed Nelson

Mientras tanto, en estaciones de esquí como Val Gardena (Italia), el 95 % de la nieve es ahora artificial. La producción depende de cañones que funcionan toda la noche y consumen energía equivalente a una pequeña central eléctrica. “La gente quiere nieve perfecta, color champán”, explica uno de los administradores.


Incluso lugares aún salvajes, como el Parque Nacional de Yosemite, reciben millones de visitas en automóvil cada año. Las carreteras se congestionan con todoterrenos en caravana, y la experiencia de lo natural se reduce a una fotografía tomada desde la ventana, sin bajarse del vehículo.



 Fotografía: Zed Nelson

Los humanos construyen monumentos a la naturaleza que destruyen

La reflexión de Zed Nelson va más allá de la nostalgia. Advierte que, al rodearnos de reproducciones escénicas de la naturaleza, creamos monumentos involuntarios a lo que hemos perdido. Y mientras tanto, seguimos aplazando decisiones urgentes para proteger lo que aún queda.


 Fotografía: Zed Nelson

El problema, concluye, no es de falta de conocimiento, sino de voluntad. “Sabemos lo que se puede hacer. Solo necesitamos encontrar líderes que quieran hacerlo”.



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