EN VIDEO | Más de 50 abuelos vieron el mar por primera vez: así fue el viaje que les cambió la vida
Un viaje desde Boyacá hasta La Guajira permitió que adultos mayores vivieran, por primera vez, la experiencia de ver el mar y compartir su historia lejos de casa.

Fotos: dejavuagenciadigital
Ver el mar por primera vez no es un hecho menor cuando se ha pasado la vida entre montañas, oficios artesanales y rutinas campesinas. Para más de 50 adultos mayores del municipio de Ráquira, en Boyacá, ese momento llegó tras décadas de espera, en una travesía que unió memoria, identidad y solidaridad. El viaje, que los llevó hasta La Guajira durante varios días, se convirtió en una crónica viva de sueños cumplidos en la etapa en la que muchos creen que ya no quedan primeras veces.
La iniciativa fue liderada por Julián Pinilla, conocido como El Chico de la Ruana, un joven boyacense que ha hecho de la visibilización cultural y el trabajo social un eje constante de su actividad pública. En esta ocasión, el objetivo fue claro: permitir que adultos mayores conocieran el mar, una experiencia que para muchos parecía inalcanzable.
Un recorrido al mar que fue más que un viaje
El trayecto, con una duración aproximada de cuatro a cinco días, incluyó un itinerario completo que permitió a los viajeros conocer distintos puntos del Caribe colombiano. Desde el primer desplazamiento, la experiencia estuvo marcada por el asombro. Para varios de los participantes, era la primera vez que salían de Boyacá; para otros, el simple hecho de recorrer largas distancias ya representaba un reto y una novedad.
Durante la estadía en La Guajira, los abuelos participaron en recorridos turísticos, visitaron el municipio de Manaure y tuvieron un acercamiento a la cultura Wayuu, una de las comunidades indígenas más representativas del país. Las actividades se desarrollaron de forma pausada, respetando los tiempos y las condiciones físicas de los viajeros, lo que permitió que cada experiencia fuera vivida sin prisa.

Uno de los momentos más recordados fue el primer encuentro con el mar. Las reacciones fueron diversas: silencio, lágrimas, risas nerviosas y abrazos espontáneos. No hubo discursos ni actos protocolarios. El protagonismo lo tuvo la emoción genuina de quienes, por primera vez, veían el horizonte sin montañas.
Adultos mayores, memoria viva del territorio
Más allá del desplazamiento físico, la travesía tuvo un fuerte componente simbólico. Los participantes no solo viajaron como turistas, sino como portadores de historias, saberes y tradiciones. Muchos de ellos han dedicado su vida a oficios manuales, a la agricultura o al fortalecimiento de procesos culturales que hoy identifican a Ráquira como un municipio de gran valor patrimonial.
Durante el viaje, las conversaciones nocturnas se convirtieron en espacios de intercambio de recuerdos. Relatos sobre la infancia, el trabajo, la familia y los cambios del país circularon entre risas y silencios compartidos. En ese contexto, el mar no fue solo un paisaje, sino un escenario para la reflexión y el reconocimiento de una vida recorrida.
La experiencia también permitió fortalecer lazos entre los propios viajeros. Personas que se conocían solo de vista en su municipio regresaron con una relación distinta, marcada por la vivencia compartida y por la sensación de haber sido parte de algo excepcional.
Un gesto que deja huella
Esta iniciativa se suma a otras acciones sociales que han buscado poner en el centro a poblaciones tradicionalmente relegadas de experiencias recreativas y turísticas. En este caso, el foco estuvo en los adultos mayores, un grupo que suele enfrentar barreras económicas, físicas y sociales para acceder a este tipo de vivencias.
El impacto del viaje no se mide únicamente en fotografías o anécdotas, sino en lo que dejó al regreso. Para muchos participantes, la experiencia se transformó en una nueva narrativa personal, una historia que ahora comparten con familiares, vecinos y amigos, y que resignifica su propia percepción del tiempo y las posibilidades.
Al regresar a Boyacá, los abuelos volvieron con arena en los zapatos, fotografías guardadas con cuidado y una certeza compartida: los sueños no entienden de edades. El mar, que para muchos fue apenas una línea lejana en la imaginación, ahora hace parte de su memoria personal.