Cuando la Navidad se jugaba en la calle: los juegos que marcaron la infancia de muchos antioqueños
Antes de las pantallas y los videojuegos, diciembre se vivía en la calle. Yeimi, ponchado y escondidijo fueron protagonistas de las navidades de muchas generaciones.

Fotos: NostalgicPR – educaciontrespuntocero
Cuando llega diciembre, la memoria colectiva de muchas familias antioqueñas se activa con olores, sonidos y escenas que hoy parecen lejanos. El aroma de la natilla recién hecha, la pólvora resonando a lo lejos y los vecinos sentados en la acera eran el telón de fondo de una época en la que la Navidad también se jugaba. Mucho antes de que los celulares y las consolas ocuparan el tiempo libre de niños y niñas, las vacaciones decembrinas eran sinónimo de juegos tradicionales que llenaban las calles de risas, carreras y encuentros.
En barrios, pueblos y veredas, diciembre era el mes perfecto para salir a jugar hasta que la noche caía. No había horarios estrictos ni pantallas que interrumpieran el momento. El espacio público se transformaba en escenario y los juegos se convertían en rituales que unían generaciones. Entre los más recordados están el yeimi, la escalera, el ponchado y el escondidijo, prácticas sencillas que marcaron la infancia de miles de colombianos.
La calle como escenario de la Navidad
Durante las vacaciones de fin de año, la calle se convertía en una extensión de la casa. Mientras los adultos preparaban las novenas o conversaban en las puertas, los niños organizaban juegos sin necesidad de instrucciones formales. Bastaba una pelota, una pared o un grupo dispuesto a correr.
El escondidijo era uno de los favoritos. Aprovechando la poca circulación de carros y la complicidad del vecindario, los niños se ocultaban detrás de árboles, muros o portones, esperando no ser descubiertos. Este juego fomentaba la observación, la paciencia y el trabajo en grupo, además de reforzar la confianza entre quienes compartían el mismo territorio.
Otro infaltable era el ponchado, una dinámica que mezclaba destreza física y rapidez mental. Con una pelota, los participantes debían evitar ser tocados mientras intentaban “ponchar” a los demás. En diciembre, este juego se extendía durante horas, especialmente en las tardes, cuando el clima y el tiempo libre lo permitían.

Juegos sencillos que creaban vínculos
La yeimi, conocida en algunas regiones como una variación de juegos de persecución o destreza, se jugaba en grupo y requería coordinación y atención constante. Aunque las reglas podían cambiar según el lugar, el objetivo siempre era el mismo: compartir, competir sanamente y mantenerse en movimiento.
La escalera, por su parte, apelaba a la agilidad y al equilibrio. Dibujada en el suelo con tiza o marcada de manera improvisada, este juego era común en las calles tranquilas del barrio. Saltar de un cuadro a otro parecía simple, pero exigía concentración y ritmo, especialmente cuando se jugaba en grupo y se esperaba turno.
Estos juegos no solo entretenían. Eran espacios de aprendizaje social. A través de ellos se aprendía a ganar, a perder, a respetar turnos y a resolver conflictos sin adultos de por medio. En diciembre, cuando la rutina escolar desaparecía, estas prácticas fortalecían los lazos comunitarios y dejaban recuerdos que aún hoy sobreviven en la memoria.
Una tradición que habla de otra forma de crecer
Más allá de la nostalgia, los juegos tradicionales de Navidad reflejan una forma distinta de habitar el tiempo y el espacio. En una época sin conectividad permanente, el juego era una herramienta fundamental para la socialización y el bienestar emocional. La risa compartida, las caídas sin dramatismo y las reglas acordadas entre todos hacían parte del aprendizaje cotidiano.
Hoy, muchos de estos juegos han ido desapareciendo del paisaje urbano. Las calles ya no son siempre seguras para jugar y las dinámicas familiares han cambiado. Sin embargo, en algunos barrios y pueblos todavía se rescatan estas prácticas, especialmente en diciembre, cuando el espíritu festivo invita a volver a lo simple.
Recordar lo que jugábamos antes en Navidad no es solo un ejercicio de memoria. Es también una oportunidad para reflexionar sobre la importancia del juego como lenguaje universal, capaz de unir generaciones y construir comunidad. En medio de las luces y la tecnología, estos juegos siguen siendo un símbolo de una infancia compartida y de una Navidad vivida desde la calle.
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