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Achicopalado, guachafita y merequetengue: las palabras colombianas que muchos usan y pocos saben explicar

El Instituto Caro y Cuervo y la RAE documentan el origen de expresiones populares que marcan el habla cotidiana en el país.

Fotos: Redes Sociales

Fotos: Redes Sociales

El idioma español en Colombia destaca por su enorme diversidad palabras colombianas y la riqueza de sus regionalismos. A lo largo del territorio nacional, los ciudadanos emplean diariamente términos coloquiales que resumen estados de ánimo, situaciones sociales complejas o momentos de celebración.


Instituciones dedicadas al estudio del lenguaje, entre las que sobresalen el Instituto Caro y Cuervo y la Real Academia Española (RAE), documentan constantemente estos vocablos en obras especializadas como el Diccionario de americanismos. Esta recolección académica demuestra cómo el habla popular transforma la lengua mediante expresiones únicas que fortalecen la identidad cultural.



La viralización de listas lingüísticas en plataformas digitales evidencia el interés de las nuevas generaciones por preservar estos colombianismos. Palabras como achicopalado, bochinche, emperifollarse, guachafita y merequetengue forman parte del repertorio cotidiano en calles, hogares y espacios de trabajo. Aunque muchas de estas formas léxicas poseen siglos de evolución en Hispanoamérica, la población colombiana las adoptó como sellos distintivos de su comunicación diaria.


Tristeza, chismes y elegancia en el habla popular

El término achicopalado describe a una persona desanimada, triste, melancólica o con baja energía. Investigadores del Instituto Caro y Cuervo señalan que este verbo proviene de raíces indígenas incorporadas al castellano durante la época colonial. La expresión "está como achicopalado" se utiliza de forma generalizada en regiones como Antioquia, Cundinamarca y los Santanderes para manifestar preocupación por el estado emocional de un allegado.


Por su parte, la palabra bochinche designa un chisme, un rumor malintencionado, un altercado verbal o una fiesta ruidosa. La Real Academia Española registra este vocablo en varios países de la cuenca del Caribe y la región andina. En el contexto colombiano, la frase "me metieron en un bochinche" denota la inclusión involuntaria de un individuo en un malentendido o conflicto social.


El verbo emperifollarse, frecuentemente usado como el adjetivo emperifollada o emperifollado, significa arreglarse, vestirse o adornarse con esmero excesivo o llamativo. Los lingüistas destacan que esta palabra tiene antecedentes en la España del siglo XVIII, donde aludía al uso de aderezos o adornos superfluos en la indumentaria femenina. En la actualidad, los colombianos emplean la expresión "¡ahí va toda emperifollada!" para comentar sobre alguien que luce prendas muy elaboradas para una ocasión determinada.


Las palabras colombianas: El desorden urbano y el alboroto en la cultura local


Las dinámicas de interacción social en el país generan también una amplia variedad de palabras colombianas para definir el desorden o la falta de control. La palabra guachafita representa una fiesta desorganizada, una broma continua o una falta de respeto a la autoridad dentro de un grupo. El enunciado "esto se volvió una guachafita" constituye una reprimenda habitual en entornos escolares, familiares y laborales cuando la indisciplina interrumpe el desarrollo normal de una actividad.


En una línea similar, el vocablo merequetengue describe un enredo, un problema difícil de resolver, un alboroto festivo o una reunión caótica. Diversos diccionarios de lingüística señalan que la palabra posee un origen festivo en Centroamérica y el Caribe, vinculándose con ritmos musicales y bailes animados del siglo XX. La interrogante "¿y todo ese merequetengue qué es?" refleja la perplejidad ante un despliegue exagerado de personas, objetos o trámites burocráticos.


El uso constante de estas expresiones refleja la vitalidad del lenguaje popular en la construcción de la memoria oral colectiva. Lingüistas de la Universidad Nacional de Colombia sostienen que los modismos no representan incorrecciones del idioma, sino adaptaciones creativas que facilitan la empatía, el humor y la cohesión comunitaria entre los hablantes.


La preservación de estas dinámicas lingüísticas reafirma el valor de las expresiones colombianas como patrimonio inmaterial vivo que une a las distintas generaciones del país.


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